FE, PSICOLOGÍA Y LIBERTAD PROFESIONAL: UNA REFLEXIÓN SOBRE LOS LÍMITES DEL MAGISTERIO


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UNA REFLEXIÓN SOBRE LOS LÍMITES DEL MAGISTERIO

 

Colaboración de: Lic. Yuri Chavarry Tello

Psicologo Clinico

En los últimos años se ha vuelto cada vez más frecuente el surgimiento de espacios de encuentro entre profesionales católicos de distintas disciplinas. Entre ellos, destacan las redes y comunidades de psicólogos creyentes interesados en reflexionar sobre la relación entre la fe y la práctica clínica. En una de estas reuniones surgió una afirmación que, aunque sencilla, invita a una reflexión profunda. Se afirmo que los psicólogos no estamos sujetos al Magisterio de la Iglesia en el ejercicio técnico de nuestra profesión.

La frase puede generar incomodidad en algunos sectores, especialmente en quienes esperan que la Iglesia tenga una postura oficial sobre cada enfoque terapéutico o sobre cada teoría psicológica contemporánea. Sin embargo, observada con serenidad, dicha afirmación encierra una verdad importante, el hecho de que la Iglesia no posee un modelo oficial de intervención terapéutica ni una escuela psicológica propia. La psicología, como ciencia humana, posee una legítima autonomía metodológica y técnica. En ese sentido, el Concilio Vaticano II (1965) reconoció expresamente la autonomía relativa de las ciencias humanas y de las realidades temporales al afirmar que si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía.

Años más tarde, San Juan Pablo II (1998) profundizó esta relación entre fe y conocimiento humano en la encíclica Fides et Ratio, donde sostuvo que la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. La afirmación resulta particularmente significativa porque reconoce que la búsqueda racional de la verdad no constituye una amenaza para la fe, sino una dimensión propia de la dignidad humana. La Iglesia no niega el valor de las ciencias; por el contrario, reconoce la capacidad de la razón humana para investigar, comprender y profundizar en la realidad.

Esto significa que la Iglesia no determina qué corriente terapéutica debe emplear un profesional, qué pruebas psicológicas utilizar o qué técnicas clínicas aplicar en consulta. Un psicólogo católico puede formarse en terapia cognitivo-conductual, en terapia sistémica, en logoterapia, en enfoques humanistas o incluso en determinadas vertientes del psicoanálisis, sin que exista una prohibición explícita por parte de la autoridad eclesial. No obstante, reconocer esta autonomía no implica afirmar que toda teoría psicológica sea filosóficamente neutral o plenamente compatible con la antropología cristiana. Ese es precisamente el punto que muchas veces suele pasarse por alto, ya que toda escuela psicológica presupone una determinada concepción del ser humano porque detrás de cada modelo terapéutico existen ideas implícitas acerca de la libertad, la moral, la sexualidad, la conciencia, el sufrimiento y el sentido de la existencia. Incluso cuando una teoría se presenta como puramente “científica”, inevitablemente arrastra presupuestos antropológicos y filosóficos.

El caso del psicoanálisis resulta particularmente ilustrativo. El psicoanálisis clásico desarrollado por Sigmund Freud no fue solamente una técnica terapéutica, sino también una interpretación global de la conducta humana. En su libro, El porvenir de una ilusión, Freud (1927) escribió que la religión sería la neurosis obsesiva universal de la humanidad. Asimismo, en esa misma obra sostuvo que las creencias religiosas derivarían de necesidades psicológicas infantiles y de deseos de protección frente a la vulnerabilidad humana. Evidentemente, tales postulados entran en tensión con la visión cristiana del hombre como ser espiritual, libre y abierto a la trascendencia. Sin embargo, sería simplista concluir que todo psicólogo católico que estudia o utiliza herramientas psicoanalíticas necesariamente adopta la totalidad de la filosofía freudiana. Las ciencias humanas rara vez funcionan de manera absoluta. Un profesional puede reconocer aportes clínicos valiosos en determinados autores sin asumir automáticamente todas sus premisas metafísicas o ideológicas.

De hecho, algunos autores posteriores introdujeron matices importantes. Viktor Frankl (1946) por ejemplo, criticó las reducciones biologicistas o pulsionales de ciertas corrientes psicológicas y en su libro, El hombre en busca de sentido afirmo que el hombre no está totalmente condicionado y determinado; él mismo determina si cede ante las condiciones o se enfrenta a ellas. Tal afirmación resulta significativa porque reivindica la libertad y responsabilidad humana frente a cualquier reduccionismo psicológico excesivo. Al mismo tiempo, tampoco sería prudente ignorar que ciertos enfoques psicológicos pueden entrar en conflicto con aspectos esenciales de la visión cristiana de la persona. La aparente neutralidad absoluta de algunas corrientes psicológicas suele ser más ideológica que real. Ninguna teoría sobre el ser humano es completamente inocente desde el punto de vista filosófico.

Precisamente por ello, el desafío del psicólogo católico a mi juicio no consiste en inventar una “psicología católica” paralela a la ciencia, como si la fe pudiera reemplazar el método científico o la investigación académica. El verdadero reto consiste más bien en ejercer la profesión con rigor científico, honestidad intelectual y discernimiento ético. En este punto resulta interesante recordar que incluso la ética profesional contemporánea reconoce la importancia del respeto a la dignidad y autonomía de las personas. El Código Ético de la Asociación Americana de Psicología establece dentro de sus principios generales que los psicólogos respetan la dignidad y el valor de todas las personas, y los derechos de los individuos a la privacidad, confidencialidad y autodeterminación” (APA, 2017).

La fe no convierte automáticamente a un profesional en mejor psicólogo, así como un título universitario tampoco garantiza calidad humana integridad moral. Ambas dimensiones pertenecen a planos distintos, aunque inevitablemente se relacionan. El profesional creyente no deja su conciencia fuera del consultorio, pero tampoco debería reducir la práctica clínica a una catequesis disfrazada de terapia. Quizá uno de los mayores errores contemporáneos sea caer en extremos opuestos, por un lado, quienes pretenden subordinar completamente la psicología a criterios religiosos; y por otro, quienes sostienen que la ciencia debe desenvolverse como si toda reflexión moral, filosófica o espiritual fuese irrelevante porque el ser humano es demasiado complejo para reducirlo únicamente a impulsos biológicos, esquemas cognitivos o condicionamientos sociales. Pero también es demasiado complejo para pensar que basta únicamente la espiritualidad para abordar todos los problemas psicológicos.

Por ello, más que buscar respuestas fáciles o posiciones ideológicas rígidas, quizá lo más sensato sea promover una actitud de diálogo crítico y humilde entre la fe y las ciencias humanas. Una relación donde la psicología conserve su autonomía profesional y metodológica, pero donde el psicólogo creyente también se atreva a preguntarse honestamente qué idea de ser humano subyace detrás de aquello que practica. Porque, al final, toda teoría y corriente terapéutica ayuda desde una determinada comprensión del hombre y preguntarse por esa comprensión no es fanatismo ni intolerancia, es simplemente responsabilidad intelectual.

REFERENCIAS

1.     American Psychological Association. (2017). Ethical principles of psychologists and code of conduct. APA.

2.     Freud, S. (1927). El porvenir de una ilusión. Amorrortu.

3.     Frankl, V. E. (1991). El hombre en busca de sentido. Herder. (Obra original publicada en 1946).

4.     Concilio Vaticano II. (1965). Gaudium et Spes. Ciudad del Vaticano.

5.     Juan Pablo II. (1998). Fides et Ratio [Fe y Razón]. Libreria Editrice Vaticana.

Por Lic. Yuri Chávarry Tello
Psicólogo clínico y católico comprometido con el diálogo fe-razón. 

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Diego Fernando García

Soy el administrador del Pensamiento Serio. Soy un lector de filosofía, libros que hablan de pensamiento humano, mi corriente filosófica es: neo-realismo analógico. Escritor de blog, artículos, creador del proyecto «pensamiento serio». Me gusta el tomismo y la Filosofía Colombiana.

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