Lic. Yuri Chavarry Tello
Psicologo y Católico comprometido con el diagologo entre Fe y Razón
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CUANDO LA PSICOLOGIA EXPLICA LA CONDUCTA PERO OLVIDA A LA PERSONA
La consolidación de la psicología como ciencia empírica en el siglo XX estuvo fuertemente marcada por el desarrollo del conductismo. En su esfuerzo por dotar a la disciplina de rigor metodológico, autores como John B. Watson propusieron restringir el objeto de estudio a aquello que pudiera ser observado y medido de manera objetiva. En su célebre manifiesto, Watson (1913) sostuvo que la psicología debía ser “una rama puramente objetiva y experimental de la ciencia natural” dejando de lado la introspección y los contenidos de la conciencia por considerarlos no verificables.
Esta postura, conocida como conductismo metodológico, no implicaba necesariamente la negación de los fenómenos mentales, pero sí su exclusión del campo científico por razones epistemológicas. Posteriormente, el desarrollo del conductismo radical con B. F. Skinner (1974) introdujo una reformulación más amplia, según la cual los eventos privados como pensamientos y emociones no eran descartados, sino reinterpretados como formas de conducta, sujetas a los mismos principios que la conducta observable. De este modo, lo mental no desaparece, pero pierde su estatuto explicativo autónomo.
En esta misma línea, resulta significativo recordar que la psicología no siempre se entendió en estos términos porque etimológicamente, la palabra remite al estudio del “alma” (psyche), lo que evidencia que, en sus orígenes, la disciplina no se limitaba a lo observable, sino que abarcaba la interioridad humana en un sentido amplio. Sin embargo, con el desarrollo de la psicología como ciencia empírica particularmente a partir de los trabajos de Wilhelm Wundt, quien fundó el primer laboratorio de psicología experimental en 1879 se produjo un giro metodológico decisivo donde la búsqueda de objetividad llevó progresivamente a dejar de lado toda referencia a dimensiones no cuantificables, consolidando un enfoque centrado en la medición y el control de variables. Este tránsito, si bien permitió avances indiscutibles en términos de rigor científico, también marcó el inicio de una progresiva distancia respecto de la concepción originaria de la psicología como estudio del alma humana.
Desde esta perspectiva, el comportamiento humano es comprendido en función de contingencias ambientales, historia de reforzamiento y variables contextuales. Tal enfoque ha demostrado ser altamente eficaz en ámbitos como el aprendizaje y la modificación de conducta, aportando herramientas técnicas valiosas y empíricamente validadas. Sin embargo, su alcance encuentra límites cuando se aborda la totalidad de la experiencia humana.
Un ejemplo interesante de esta tensión se observa en la evolución de la llamada terapia cognitivo-conductual, desarrollada, entre otros, por Aaron Beck, ya que, si bien esta corriente recoge principios del aprendizaje conductual, en la práctica clínica contemporánea ha ido desplazando progresivamente el énfasis hacia los procesos cognitivos como las creencias, esquemas de pensamiento e interpretaciones subjetivas de la realidad. En ese sentido, no resulta exagerado afirmar que, más que estrictamente conductual, gran parte de la intervención actual es predominantemente cognitiva. Este desplazamiento no es casual, sino que refleja la necesidad de reintroducir dimensiones internas que el conductismo clásico había dejado en segundo plano.
A la par de este desarrollo, la psicología clínica ha adoptado con fuerza el paradigma de las llamadas “terapias basadas en evidencia”, en buena medida inspirado en el modelo médico. Este enfoque ha contribuido a elevar los estándares de validación empírica y a promover prácticas más rigurosas. Sin embargo, su aplicación acrítica puede llevar a una comprensión reduccionista de la práctica clínica. En efecto, la ausencia de evidencia no equivale necesariamente a evidencia de ausencia. Dado que la práctica basada en evidencia implica la integración de la mejor investigación disponible con la experiencia clínica y los valores del consultante (Sackett et al., 1996). Desatender alguno de estos componentes empobrece la intervención.
Desde la experiencia clínica, que en mi caso supera los quince años de ejercicio profesional, resulta evidente que existen intervenciones cuya eficacia no siempre ha sido capturada por los diseños experimentales disponibles, pero que muestran valor en contextos reales. Esto no invalida la necesidad de evidencia, pero sí invita a una comprensión más amplia de lo que significa “lo efectivo” en el ámbito de la intervención psicológica.
En efecto, el conductismo y sus desarrollos posteriores, junto con el auge de la evidencia empírica, han contribuido a consolidar una psicología más rigurosa. No obstante, también han reforzado una tendencia a privilegiar lo medible sobre lo significativo. Conceptos como libertad, paz interior o sentido de vida quedan frecuentemente fuera del marco teórico, no necesariamente por ser irrelevantes, sino por no ser fácilmente operacionalizables. Este “silencio metodológico” tiene consecuencias antropológicas relevantes, en la medida en que configura una comprensión del ser humano predominantemente funcional.
Frente a esta reducción, otras corrientes psicológicas han intentado recuperar dimensiones excluidas. La logoterapia, por ejemplo, sitúa la búsqueda de sentido como motivación fundamental del ser humano, afirmando que “la voluntad de sentido” constituye una dimensión irreductible de la existencia (Frankl, 1946/2004). Asimismo, desde una perspectiva filosófica, el personalismo desarrollado por Karol Wojtyła (1969/2013) enfatiza la centralidad de la persona como sujeto libre y consciente, cuya dignidad no puede ser reducida a procesos meramente conductuales. La crítica al conductismo, en este sentido, no debe entenderse como un rechazo de sus aportes, sino como una delimitación de su alcance. Como señala Skinner (1971) “una persona no actúa sobre el mundo, el mundo actúa sobre ella”, afirmación que, si bien resalta el peso del ambiente, deja abierta la discusión sobre el grado de libertad que podría tener la persona independientemente de los factores de su entorno.
En suma, la psicología contemporánea se encuentra ante un desafío permanente que consiste en integrar el rigor científico con una comprensión más amplia de la persona humana porque explicar la conducta por preciso que sea no equivale a comprender a la persona. Por eso desde mi ejercicio profesional como psicólogo clínico y católico, esta convicción no es meramente teórica, dado que la práctica cotidiana muestra que el sufrimiento humano no se agota en variables observables ni en esquemas cognitivos, por más útiles que estos resulten existe una dimensión más profunda. La dimensión espiritual, que atraviesa la experiencia del dolor, la culpa, la esperanza y el sentido. Integrarla no significa renunciar al método científico ni a la evidencia empírica, sino reconocer que la persona es más que aquello que puede medirse. En este horizonte, la labor clínica no se limita a modificar conductas o reestructurar pensamientos, sino que se abre también a acompañar al ser humano en la búsqueda de sentido, respetando su dignidad y su apertura a la Trascendencia.
REFERENCIAS
1.- Frankl, V. E. (2004). El hombre en busca de sentido (3.ª ed.). Herder. (Obra original publicada en 1946)
2.- Sackett, D. L., Rosenberg, W. M. C., Gray, J. A. M., Haynes, R. B., & Richardson, W. S. (1996). Evidence based medicine: What it is and what it isn’t. BMJ, 312(7023), 71–72.https://doi.org/10.1136/bmj.312.7023.71
3.- Skinner, B. F. (1971). Más allá de la libertad y la dignidad. Fontanella.
4.- Skinner, B. F. (1974). Sobre el conductismo. Fontanella.
5.- Watson, J. B. (1913). Psychology as the behaviorist views it. Psychological Review, 20(2), 158–177. https://doi.org/10.1037/h0074428
5.- Wojtyła, K. (2013). Persona y acción. Palabra. (Obra original publicada en 1969)
Por Lic. Yuri Chávarry Tello
Psicólogo
clínico y católico comprometido con el diálogo fe-razón.
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