Por Diego Fernando García
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Hace tiempo estoy cansado de quienes se autodenominan apologetas. Hoy, el contenido cristiano —sea católico o protestante— está invadido por estos especímenes discursivos.
En este orden de ideas, quienes se perciben como apologetas son auténticos perros falderos del discurso: solo saben mover la cola para agradar a sus amos ideológicos. En el fondo, creen ser intelectualmente superiores, pero no son más que animales domesticados por su propia ignorancia. Como todo perro obediente, confunden el servilismo con el pensamiento. Este tipo de raza intelectual se multiplica con facilidad: seudo-intelectuales del marketing ideológico, cuya mediocridad —o, mejor dicho, su mierdicidad— lo dice todo.
Dicho de otro modo, en muchos casos los mal llamados apologetas funcionan como serviles o idiotas útiles de determinadas agendas, generalmente asociadas a figuras con mayor alcance y número de seguidores, enfermos de fama. En otras ocasiones, no son más que esclavos del público que los consume y aplaude sin criterio alguno.
En definitiva, sean o no intelectuales, todos confluyen en la misma pobreza de categorías analíticas, en lo inane, en un pensamiento precario revestido de una patanería conceptual persistente. A ello se suma un deseo anacrónico de permanecer anclados en una Edad Media imaginaria, como si después no hubiese existido pensamiento alguno. Lo más patético es que añoran una época en la que jamás vivieron: no tienen ochocientos años ni más, solo una permanente masturbación mental. Y cuando se les critica, reaccionan con escándalo, pese a que carecen de rigor intelectual, de filosofía y de teología. Son sujetos de juicio deficitario, epistémicamente incompetentes, cuyas audiencias los celebran como si fuesen artistas consagrados. He aquí una nueva forma de comedia intelectualoide.
No faltarán los muy santos e inmaculados, los santurrones de turno, que se escandalizarán por el lenguaje empleado. A ellos cabe decirles que el poder del insulto cumple aquí una función descriptiva: esta esfera está tan saturada de basura discursiva que estas palabras resultan, en comparación, indulgentes. Si el escritor colombiano Fernando Vallejo revisara los videos de YouTube de estos autoproclamados apologetas, tendría material suficiente para escribir una segunda parte de La puta de Babilonia. Y Gabriel García Márquez, máximo exponente del realismo mágico narrativo, abandonaría la literatura para incursionar en un idealismo analítico apologético: novelas notables surgirían de esta fauna, cuyo hábitat natural es el ridículo cuando se examina su producción en internet.
Quienes se creen apologetas olvidan que la Iglesia católica nunca los ha enviado solemnemente a cumplir tal función. Son mercaderes de ideas, pseudoeruditos, hipócritas sustanciales, equívocos por esencia, que instrumentalizan la filosofía y la teología. Lo más grave es que muchos católicos les creen. Siguen, sin saberlo, la senda de Hipias, Pródico de Ceos y Trasímaco; y aun así, el título de sofistas les queda grande.
Nota final. Ahora pueden descargar todo su odio quienes se definan como apologetas, o tal vez no digan nada, conscientes de que carecen del respaldo intelectual y del movimiento que pretenden exhibir.
Por último, he utilizado la lengua castellana en toda su riqueza expresiva. Nosotros, los colombianos, hablamos un español pleno, capaz incluso de producir los mejores insultos cuando estamos cansados de tratar con mequetrefes.
No hay argumentación posible, porque el conflicto no está en la forma, sino en el fondo: en la ausencia de ideas y de verdadero intelecto que aquí queda al descubierto. Quien se sienta aludido no podrá contradecir mis palabras, y si se hace el necio, solo confirmará que este juicio es verdadero.
Diego Fernando García.
