Por: Diego Fernando García
Hoy, pensando en algunas cosas, y mientras otros intentan que no hable de cuestiones importantes porque prefieren seguir jugando con el intelecto para no ser descubiertos y continuar engañando a la gente, pienso que este hecho particular siempre ha ocurrido en la sociedad. Sin embargo, poco a poco, cuando estas personas comienzan a ser descubiertas, aparece en ellas un gran temor. En realidad, no pasa nada: terminan dándose a conocer por lo que son. Son miserables que se esconden bajo un supuesto discurso intelectual; engañan con palabras rebuscadas solamente para ser aplaudidos por otros. Son los payasos del pensamiento, pues entretienen a unos pocos y, como cualquier artista, reciben el aplauso de sus seguidores.
En los momentos de preocupación o tensión se puede llegar a pensar incluso en fantasías, en cosas que, aunque se cambie el objeto pensado o el sustantivo, seguirían diciendo exactamente lo mismo. Es como si, en lugar de filosofar, se realizara el trabajo propio de los sofistas. En fin, creo que todo pensador tiene algo de sofista, porque busca ser filósofo, mientras que cada vez parece más difícil alcanzar la sabiduría. Mucho más en una sociedad como la nuestra, donde todo ocurre con demasiada rapidez. También existe la tentación de permanecer pendiente de los debates de YouTube o de personas que simplemente repiten cosas que parecen intelectuales, pero que, en el fondo, no aportan nada a las ciencias. Es la repetición de la repetición.
Pero la gente termina aplaudiendo estas cosas. Es verdad: se aplaude aquello que no exige razonar ni profundizar. Es más fácil convertirse en un hombre de debates en las redes sociales, ganar un nombre por ser polemista, que convertirse en un verdadero pensador. El verdadero filósofo queda muchas veces solo. Se le desprecia porque pensar realmente tiene un precio, y ese precio es muy alto. Por lo tanto, se prefiere hacer aquello que produce reconocimiento, seguidores y «me gusta». Si la sociedad se vuelve idiota, hacerse el pendejo junto con los demás parece ser una de las invitaciones permanentes de la sociedad actual.
Por otra parte, está ese complejo que mencionaba un filósofo colombiano: el hombre de nuestra propia tierra llega a pensar que no tiene capacidad para reflexionar y que lo verdaderamente importante siempre viene de fuera. Le gusta lo extranjero y menosprecia lo propio. Esa inferioridad, esa falta de autoestima intelectual, todavía puede verse en Colombia. Se piensa que lo producido en otros países, o lo dicho por otros seres humanos, es más importante y relevante que nuestro propio pensamiento. Este mismo complejo aparece frente a la filosofía, la teología y las demás ciencias.
En el ciberespacio existe otro fenómeno: ciertos personajes se creen intelectuales, aunque muchas veces ni siquiera llegan a ser sofistas. Son seres que creen que aquello que piensan constituye una especie de verdad casi eterna. En las redes sociales aparecen con mucha frecuencia. Debaten y hablan de todo por Internet, y muchos los aplauden como si fueran artistas. Claro que algunos poseen una capacidad extraordinaria para construir monólogos y expresarse de una manera que puede resultar llamativa; muy pocas personas pueden hacerlo con tanta facilidad. Pero, a partir de esa capacidad, terminan presentándose como hombres que dominan la ciencia divina y humana.
En el fondo, algunos de ellos no son más que charlatanes a quienes otros han decidido creer. Los verdaderos intelectuales pueden reconocer que juegan con el saber, aunque quienes los siguen continúen aplaudiéndolos. Entre ellos mismos se presentan como conocedores de aquello que dicen dominar: unos se venden como filósofos, otros como teólogos y, ahora, como apologetas. Sin embargo, detrás de algunas de estas figuras también puede existir un negocio: libros, cursos, conferencias y otras formas de comercializar aquello que presentan como conocimiento o incluso como fe.
Quizá el problema no sea solamente que existan estos personajes. El problema más profundo está en una sociedad dispuesta a convertirlos en autoridades simplemente porque saben hablar, debatir y entretener. El aplauso termina sustituyendo al pensamiento, y la popularidad comienza a confundirse con la verdad. Allí es donde el filósofo tiene nuevamente una tarea difícil: no decir aquello que todos quieren escuchar, sino intentar pensar aquello que merece ser pensado, aunque nadie esté dispuesto a aplaudirlo.
