EL PSICOANALISIS NESCESITA SU PROPIO DIVÁN

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Lic. Yuri Chavarry Tello

Psicólogo Clínico

 

INTRODUCCIÓN 

Hay una ironía que pocas veces se señala en la historia de la psicología. La escuela que hizo del análisis crítico del inconsciente su principal herramienta parece resistirse, en ocasiones, a aplicar ese mismo examen sobre sus propios presupuestos. El psicoanálisis nació con una intuición extraordinariamente fecunda partiendo de la idea que el ser humano no siempre conoce las verdaderas razones de lo que hace. Bajo nuestras decisiones conscientes pueden operar deseos, conflictos, defensas y motivaciones de las que apenas somos conscientes. Esa intuición transformó no solo la psicología, sino también la filosofía, la literatura, el cine y la cultura occidental. Sin embargo, precisamente porque enseñó a sospechar de las certezas humanas, el psicoanálisis debería aceptar que esa sospecha también puede dirigirse hacia sí mismo.

¿QUIEN ANALIZA AL ANALISTA?

Desde hace décadas, el psicoanálisis ha recibido críticas desde diversos frentes. Los conductistas radicales cuestionan la imposibilidad de verificar experimentalmente buena parte de sus constructos. Los psicólogos cognitivos señalan la escasa evidencia empírica que respalda muchas de sus hipótesis clásicas y el desarrollo de tratamientos con mayor apoyo científico para numerosos trastornos psicológicos (Lilienfeld et al., 2014). Incluso desde la filosofía de la ciencia, Karl Popper (2002) sostuvo que una teoría que puede explicar cualquier resultado termina siendo difícil de refutar y, por ello, pierde una característica esencial de la ciencia. Estas críticas son conocidas.

Lo interesante comienza cuando dejamos de preguntar qué dicen los críticos y empezamos a preguntarnos qué diría el propio psicoanálisis si analizara algunas de las conductas de ciertos psicoanalistas. Si un paciente rechazara sistemáticamente toda información que contradice sus creencias, quizá se hablaría de resistencia. Si idealizara a una figura de autoridad hasta volverla prácticamente incuestionable, probablemente se exploraría la transferencia. Si reinterpretara cualquier objeción como una confirmación de sus propias ideas, tal vez se pensaría en mecanismos defensivos o racionalizaciones. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿Por qué esas mismas categorías no podrían aplicarse, al menos como hipótesis, al propio movimiento psicoanalítico? No se trata de afirmar que así sea, sino de reconocer que ninguna teoría debería situarse por encima del análisis que propone para los demás.

EL RIESGO DE CONVERTIR UNA TEORIA EN DOGMA

Toda disciplina científica corre un peligro silencioso, el cual consiste en dejar de ser un método de investigación para convertirse en una identidad. Cuando esto ocurre, las teorías dejan de ser herramientas para comprender la realidad y comienzan a funcionar como sistemas cerrados de interpretación. Thomas Kuhn (2012) mostró que incluso las comunidades científicas desarrollan paradigmas que tienden a protegerse frente a las anomalías. La psicología no está exenta de este fenómeno. El psicoanálisis tampoco.

Carl Gustav Jung ya percibía este problema cuando comenzó a distanciarse de Freud. Más tarde, Paul Ricoeur (1970) describió a Freud, Marx y Nietzsche como representantes de la llamada "escuela de la sospecha", pensadores convencidos de que la interpretación podía desenmascarar las ilusiones humanas. Pero toda hermenéutica enfrenta un desafío inevitable: ¿Quién interpreta al intérprete? Si toda interpretación revela algo oculto, entonces también las interpretaciones del psicoanálisis pueden expresar presupuestos filosóficos, culturales o personales porque ninguna teoría escapa completamente de la historia de quienes la elaboran.

LA EVIDENCIA MERECE TAMBIEN SER ESCUCHADA

Como psicólogo clínico de orientación cognitivo-conductual, considero que una teoría psicológica no debe evaluarse únicamente por la belleza de sus conceptos, sino también por su capacidad para producir conocimiento verificable y tratamientos eficaces. La Terapia Cognitivo-Conductual tampoco nació perfecta. Su historia muestra una constante disposición a revisar modelos, abandonar hipótesis insuficientes e incorporar nuevos hallazgos provenientes de la investigación experimental, las neurociencias y las terapias contextuales.

Ese es, quizá, el mayor aprendizaje de la ciencia, el aceptar que ninguna teoría tiene la última palabra, ya que toda explicación debe estar siempre abierta a la posibilidad de ser corregida.

Por ello, más que preguntarnos si Freud tuvo razón o no, conviene preguntarnos cuánto de sus ideas continúa siendo útil a la luz de la evidencia disponible y cuánto pertenece ya a la historia del pensamiento psicológico.

UNA REFLEXIÓN DESDE MI FE

Como católico, encuentro un paralelismo interesante. Si vemos como la tradición cristiana habla continuamente del examen de conciencia. Antes de señalar las faltas ajenas, el creyente está llamado a reconocer las propias (Mateo 7, 3-5) entonces podemos concluir que la humildad intelectual forma parte de esa actitud espiritual. No veo esta enseñanza como exclusiva de la religión. También debería ser una virtud científica. Porque una disciplina madura no teme ser examinada, ni blindarse frente a las críticas. Tampoco convierte a sus fundadores en autoridades intocables, más bien acepta que la verdad nunca pierde cuando una teoría se corrige; quien gana es el conocimiento.

Quizá por eso, más que una crítica al psicoanálisis, esta reflexión es una invitación. Porque si Freud nos enseñó a mirar detrás de las apariencias, quizá el mejor homenaje que podría recibir su legado sea permitir que el propio psicoanálisis se recueste, de vez en cuando, en su propio diván.

REFERENCIAS

1. Freud, S. (2006). Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas (Vol. 12). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1912).

2. Kuhn, T. S. (2012). La estructura de las revoluciones científicas (4.ª ed.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1962).

3. Lilienfeld, S. O., Lynn, S. J., & Lohr, J. M. (Eds.). (2014). Science and pseudoscience in clinical psychology (2nd ed.). Guilford Press.

4. Popper, K. (2002). The logic of scientific discovery. Routledge. (Obra original publicada en 1959).

5. Ricoeur, P. (1970). Freud and philosophy: An essay on interpretation. Yale University Press.

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Diego Fernando García

Soy el administrador del Pensamiento Serio. Soy un lector de filosofía, libros que hablan de pensamiento humano, mi corriente filosófica es: neo-realismo analógico. Escritor de blog, artículos, creador del proyecto «pensamiento serio». Me gusta el tomismo y la Filosofía Colombiana.

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